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1976 el Desfile

El Rincón del Zapador

(Escuadrilla de Zapadores Paracaidistas desfilando el 30 de Mayo de 1976 por las calles de Madrid)


 
1976, EL DESFILE DE LA DISCORDIA


Durante el briefing del Teniente General Beltrán, que con motivo de la Jornada de Convivencia de los Zapadores Paracaidistas tuvo lugar el 20 de septiembre de 2013, en la que sentimentalmente siempre fue, es, y será nuestra casa, quienes allí estuvimos pudimos disfrutar de su genial exposición, plena de conocimiento y veteranía, donde no faltaron el humor y la socarronería propios de tan sobresaliente personaje. Para ello se apoyó el TG en una realización power-point cuajada de lo que él mismo denominó “documentos históricos” como son fotos, informes, relatos, anécdotas, cuadros sinópticos y textos varios, que venían a sacar a la luz y por lo tanto poner en valor -que es como ahora se dice- buena parte de la historia de los Paracaidistas del Aire, y tirando por elevación, del Ejército del Aire, y de España misma. Magnífica su exposición.

Y recuerdo la insistencia del TG en que todo el material que allí se mostraba había sido debidamente documentado, contrastado, situado y fechado, alejando de si cualquier sospecha de truculencia y manipulación. ¡Bravo, mi General! Mi afición a La Historia me ha enseñado que las cosas son realmente como son, y no como nos hubiera gustado que hubieran sido. Y así debemos contarlas.
Quienes bien me conocen, o siquiera hayan seguido mis colaboraciones publicadas en www.ezapac.es habrán podido comprobar que la más genuina y pintoresca fotografía, la puedo mostrar, sí. Pero tengo por norma no catalogarla como histórica en tanto no esté debidamente reseñada, y para conseguir esto a veces no he tenido más remedio que ponerme la gorra de detective  y dedicar muchas horas a la investigación.

Y con esta manía mía de averiguar cosas, y animado por varios veteranos zapadores que me han pedido un nuevo artículo, me he puesto manos a la obra, y hoy voy a hablar sobre un tema banal; baladí, si se quiere. Pero que ya en su día despertó mi curiosidad.

La inspiración me llegó hace apenas unas fechas: Me encontraba buscando un antiguo documento entre mis “papeles viejos”, y vengo a toparme con una pequeña esquela editada por la Escuela de Transmisiones, “Escuadrón de Alumnos”. Recordaba perfectamente de qué trataba aquello aunque hacía más de treinta años que no veía ese documento, y no pude evitar sonreír contemplando el color amarillento del papel y preguntándome cómo se habría podido conservar en tan buen estado a pesar de sus muchos pliegues y repliegues, y la nula protección con que había estado guardado.   
Para seguir hablando de esta esquela nos tenemos que remontar al mes de mayo de 1976, si bien, como más tarde veremos, el documento, sin fecha, parece que tuviera su origen un año antes. Pero, pongámonos en situación.

Era tradición entonces, como lo ha sido siempre desde su creación, la participación de los Paracaidistas del Ejército del Aire en el gran desfile anual de las Fuerzas Armadas Españolas,  que con distinta denominación –“Desfile de la Victoria”, primero, y “Desfile del Día de Las Fuerzas Armadas”, después- se ha venido celebrando periódicamente hasta que la desgraciada situación de ruina económica que atraviesa nuestro país, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, igual que con muchas otras bellas y más que justificadas tradiciones, el gobierno lo ha hecho pasar a mejor vida.   

Hubo cursos en Zapadores, tal es el caso del 257º, por ejemplo, que tuvieron la suerte de ser protagonistas hasta en dos ediciones de dicho desfile (1975 y 1976). Pero no fue esta la circunstancia de mi promoción, el 267º curso, que solo vivió el correspondiente al año 1976. Ello se debía al tiempo de permanencia en filas, que entonces era de veinte meses, y las distintas fechas de incorporación al Ejército de cada curso.

Y de aquellas jornadas previas a la que me tocó desfilar en La Castellana, recuerdo que a nuestra llegada a la Capital de España fuimos alojados en La Escuela de Transmisiones del Ejército del Aire, ubicada, como es sabido, en la Base Aérea de Cuatro Vientos. Allí estuvimos, no sé ahora si fueron tres, cuatro o cinco días ensayando mañana y tarde el dichoso desfile que hasta la capital nos había llevado, y sólo a la hora de paseo, los libres de servicios y arrestos eran autorizados  a salir, y perderse y disfrutar de aquel gran Madrid -tan desconocido para la mayoría de nosotros- que, igual que hacía ahora con nuestra unidad, acogía a otros miles de soldados y participantes del gran desfile adscritos a todas las unidades y estamentos militares, que aquellos días alegraban las calles de la capital con su juventud, patriotismo y vistosos uniformes.

Uno de esos días de tanto ensayo, a cada miembro de la clase de tropa le fue entregado un ejemplar idéntico a  la esquela a la que antes hice referencia. No fue una entrega protocolaria ni aprovechando una de las muchas formaciones a que nos veíamos obligados, sino que aquel  montón de papeles había sido dejado a los cuarteleros por algún mando, para que lo fueran repartiendo. Así se entregó aquello.
¿La esquela en sí? Vosotros mismos la podéis leer: Una arenga o soflama al más puro estilo militar de la época, enalteciendo la figura del anterior Jefe del Estado y los valores patrios de aquel régimen que agonizaba, y alentando a la lealtad a los soldados. Todo ello escrito en máquina de escribir convencional y pasado a rústica multicopista, en tamaño cuartilla, sin fecha ni firma y, curiosamente, denominando el acto a celebrar como “Desfile de la Victoria”. Por si todo ello no fuera lo bastante pintoresco, lo más disonante del asunto es que se cita el desfile como a celebrar el día 25 sin especificar mes, cuando en realidad su celebración tuvo lugar el 30 de Mayo de 1976, festividad de San Fernando, Patrón de las Tropas Españolas. Y hay más, la esquela la cierran aquellos tres tradicionales gritos de rigor: !ARRIBA ESPAÑA!, !VIVA FRANCO! y !VIVA EL PRINCIPE DE ESPAÑA! todo ello tal como he escrito, con los puntos de los signos de admiración hacia abajo.

(La esquela de la confusión)


Pero recordemos que, si no llegaba una Orden Superior que lo contradijera, Franco había fallecido el 20 de noviembre del año anterior, y que desde el 27 de aquel mismo mes, S.M. Don Juan Carlos I era el Rey de todos los españoles. Algo -más bien mucho- había, pues, en aquella esquela que no cuadraba.
Sin haber podido contrastar este dato, parece lógico pensar que fue escrita con vistas a ser repartida entre los participantes del Desfile de la Victoria de 1975, es decir, un año antes de cuando nos fue entregada, ya que aquel desfile sí se celebró justamente el 25 de Mayo, Franco lo presidió, y fue acompañado en la tribuna por la figura del Príncipe de España (recordemos que Don Juan Carlos de Borbón  nunca fue denominado Príncipe de Asturias, que es como la historia había designado siempre al Heredero de la Corona)

¿Qué pudo pasar para que aquella esquela llegara con un año de retraso a quienes habían de desfilar? Pudiera ser que en 1975 alguien olvidara entregarlas, o que se hicieran más ejemplares de los que realmente fueron repartidos y se decidiera entonces guardarlas para hacer uso de ellas al año siguiente, sin reparar en la fecha, y sin contar con un más que previsible cambio de régimen. Pero, aun con las reservas lógicas, pues ni siquiera sé si esquelas como aquella fueron entregadas en otras unidades participantes en el desfile, , me atrevo a sugerir lo que no siendo más que una conjetura, y por tanto, carecer de base histórica que lo sustente, bien podría ser una segunda explicación: En aquellos momentos -y durante toda la transición- entre los distintos estamentos e instituciones patrios se entablaba una particular, doméstica y soterrada guerra fría por mantener o detentar el poder. Por un lado los falangistas y demás grupúsculos adictos al régimen que fenecía, los nostálgicos, y las cúpulas militares compuestas por antiguos combatientes vencedores de la pasada guerra civil, que se veían asimismo valedores de la figura del anterior Jefe del Estado (más bien habría que decir valedores de su memoria y sus valores, y sus naturales albaceas y herederos). Por otro, el emergente poder civil representado por El Rey y toda una corte de advenedizos y aspirantes a cargos; esos nuevos allegados (y no tan nuevos pero reconvertidos ahora a la nueva doctrina de la democracia) que estaban dispuestos a romper con el pasado y todo lo que a éste recordara. Aquella situación, de forma general y a nivel tanto de instituciones como de ciudadanos civiles fue resuelta con más que buena nota, a decir de los observadores internacionales. Pero esto no significa que en ambos bandos no existieran iluminados que sintiéndose líderes y salvadores de la patria, no intentaran maniobrar por su cuenta. Maniobras que, salvo rara excepción, gracias a Dios, no pasaron de dedicarse las partes un descortés desaire.  

Tal es el caso de la gran parada militar de 1976, ya que desde altos cargos de la defensa, focalizados principalmente en la Capitanía General de la Primera Región Militar, se pretendía que tanto la celebración como el desfile mismo siguieran denominándose como de “La Victoria”. En cambio, para aquel Primer Gobierno Monárquico -en el que junto a los Generales de Santiago y Díaz de Mendívil, Álvarez-Arenas Pacheco y Franco Iribarnegaray, y el Almirante Pita da Veiga Sanz, formaban políticos que aun procediendo del anterior régimen, ya se les reconocía cierto talante  aperturista, como Adolfo Suárez, Manuel Fraga, José María Areilza, Alfonso Osorio, Rodolfo Martín Villa, Leopoldo Calvo Sotelo… que habían sido impuestos al Presidente Arias Navarro desde La Zarzuela- era imprescindible y vital romper con todo recuerdo del pasado, y para ello decidió designar tanto fiesta como desfile, como del “Día de las Fuerzas Armadas”; pero, debido a las tiranteces, esto último no se vio reflejado en decreto alguno que así lo dispusiera.

No hubo acuerdo en las negociaciones, y las tensiones fueron más que manifiestas: Desde fuentes castrenses se anunció a bombo y platillo, y con toda la trompetería disponible,  la celebración del “XXXVII Desfile de La Victoria”, en tanto que desde el Gobierno, la proclama, con profusa cartelería,  fue la de la celebración del “Día y Desfile de las Fuerzas Armadas”, sin orden numeral que trajera olor a chamusquina. Días después de celebrado el desfile, y como no podía ser de otra forma, el Gobierno tuvo que salir al paso de lo sucedido, y lo hizo a través del Ministro de Información y Turismo Don Adolfo Martín Gamero, quien quitó hierro al asunto manifestando que todo fue debido a una desinformación o descoordinación entre las partes, dando así carpetazo a aquel desencuentro.

Ahora, treinta y siete años después de aquello, jocosamente me cabe pensar que en un solo acto fui protagonista tanto de la celebración del último “Desfile de la Victoria”, como del primer “Día de las Fuerzas Armadas”, aunque, claro, entonces no era consciente de ello (Como en mi artículo “Historia de una foto con historia”, aquí también merece obligado recuerdo el gran cineasta Luis García Berlanga).
Pero con igual jocosidad, aunque ahora no exenta de socarronería, me cabe pensar también que aquella esquela que nos entregaron antes del desfile, bien pudo haber sido utilizada a modo de piedrecita que, con toda intención y ánimo de confundir, alguien quiso poner en el camino de la democracia. Claro que, como ya dije, esto no es sino una conjetura más de las muchas que podrían tener cabida en este despropósito.   
 
Llegados a este punto quiero decir que todos los historiadores tienen una máxima insoslayable como es que cada hecho histórico, cada avatar de la historia, sólo debe ser juzgado en la propia época en que ocurrió y por la cultura y las leyes propias de esa época. Hacerlo después, aunque realmente hubieran pasado pocos años, pero con circunstancia tan señalada como es un cambio de régimen por en medio, es pretender reescribir la historia. Y no ha sido esa mi intención, como tampoco he querido hacer una revisión de comportamiento ni juzgar a nadie. Más bien he pretendido aquello que en su briefing hizo aquel que fuera mi Capitán -y hoy es líder natural del Ezapac con independencia de su situación en la reserva- como es narrar unos hechos históricos a partir de algo que, resultando hoy intrascendente y anecdótico, bien pudo tener su origen en un simple error.





Cristóbal María Caro Porrúa
Veterano Zapador Paracaidista del Ejército del Aire
Curso 267
cristobal.caro@telefonica.net



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