CUANDO LA PENA NOS ALCANZA DEL COMPAÑERO PERDIDO

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CUANDO LA PENA NOS ALCANZA DEL COMPAÑERO PERDIDO

VETERANOS ZAPADORES PARACAIDISTAS EJÉRCITO DEL AIRE




“CUANDO LA PENA NOS ALCANZA DEL COMPAÑERO PERDIDO”
 
 
13º CURSO DE PARACAIDISTAS DEL EJÉRCITO DEL AIRE
 
 
Autor:
 
Veterano Paracaidista D. Francisco Puig Gazulla
 
13º Curso del Primer Escuadrón de Paracaidistas del Ejército del Aire

 
 
 
El número 13 es un número que no deja indiferente a nadie,  es de los más polémicos que nos podamos encontrar en numerología, ya que se suele asociar a la mala suerte, sobre todo si este día coincide con un martes.  La 13º Promoción de Paracaidistas del Ejército del Aire inició su curso en la Escuela Militar de Alcantarilla el martes 1 de septiembre de 1953. Si eras supersticioso lo tenías claro.


 
Componíamos el Curso 114 alumnos, todos voluntarios y provenientes de la vida civil,  junto con 4 Oficiales, 5 Sargentos,  un Cabo 1º del Ejército del Aire y 2 Oficiales del Ejército Portugués  .El director de la Escuela el Comandante Don Ramón Salas Larrazábal nos dio la bienvenida y nos alentó para que trabajásemos mucho y pusiéramos bien alto el pabellón de la 13ª Promoción.
 
Nuestro primer uniforme fue  de trabajo de color azul  y un chándal de deporte de color gris, con el que realizamos trabajos de limpieza,  gimnasia y deportes durante los primeros días, hasta que nos entregaron el resto de uniformes y unos viejos Mosquetones Máuser, con los que realizamos  todo nuestro período de instrucción. Los tres meses de instrucción paracaidista fueron una etapa inolvidable, buen ambiente entre nuestros compañeros y excelente trato de nuestros Jefes y Oficiales. Habíamos confeccionado ya nuestra mascota, nuestro equipo de Baloncesto que competía con éxito en el Campeonato Murciano y nuestro compañero Miguel Ferrer compuso con su acordeón, el himno “Arriba el avión”, que sería el oficial de la Promoción.




 
 
Tras efectuar varios vuelos de adaptación con los viejos trimotores Junkers J-52, llegó el día más esperado por todos, el  de nuestro primer salto.

 
10 de Noviembre, ha llegado el día “D”. Cuando ha tocado Diana ya todo el mundo estaba despierto , hemos desayunado y a las 8 en punto nos hemos dirigido a las pistas, donde en el área de embarque ya estaban los paracaídas y esperamos órdenes del director de lanzamientos del Comandante Luis Alfonso Villalain que tras reunirse con los jefes de saltos , los pilotos , y recibir los últimos partes meteorológicos , ordena que las patrullas se preparen y equipen para que el Capitán Cañadas , revise uno por uno que los atalajes esté bien ajustados  y el resto del equipo esté en condiciones .

 
Recibimos la orden de marcha que hacemos en silencio. La mañana es un poco fría, pero el sol empieza a calentar el aire, y una tenue neblina se levanta del suelo. Buena señal, ya que el aire se hará más denso y la caída será más suave.  Llegamos a  la escalerilla del avión, el nuestro es el Ju-52 nº 232 y en la puerta nos espera el Jefe de salto,  el Cabo 1º Mariano Benegasi Angiano . Nos colocamos en los asientos laterales, los números pares a la derecha y los impares a la izquierda y tras unos minutos de espera   empiezan a rodar por la pista los tres primeros aparatos, que harán la primera pasada. Tras un breve recorrido circular , enfilan la vertical de la Base y cuando los pilotos encienden la luz roja el instructor da la orden de “en pie y enganchen”, Soy el segundo de la primera pasada  y ya en la puerta cuando oigo las palabras “preparado y salte” , doy un fuerte impulso con las piernas , saltando al espacio con decisión para alejarme el máximo posible del aparato y evitar las turbulencias y procuro mantener la posición de descenso, que machaconamente he estado practicando cada día con los manteos en la lona.  Noto la caída y un fuerte tirón en el momento de la apertura del velamen. En honor a la verdad, tengo que reconocer que mi primera experiencia ha estado bastante confusa, ya que desde la salida del avión hasta que me encuentro suspendido en el aire, no me he enterado de nada. El primer movimiento que realizo es suspenderme de las bandas delanteras, para aflojar un poco la presión del atalaje entre mis piernas y seguidamente me dedico a contemplar el espectáculo. Ver la tierra suspendido en el aire es algo único, un profundo silencio te envuelve y no sientes el más mínimo ruido, solo un ligero “frufrú“ producido por la tela y los cordones del paracaídas al rozar con el aire.             


 
El tiempo de caída me parece eterno pero la tierra se va acercando  y tras compensar un ligero movimiento lateral, junto los pies y me preparo para el aterrizaje. Caigo ligeramente hacía delante y doy la voltereta, me suelto el atalaje y empiezo a plegar con los brazos el paracaídas. Miro al cielo y veo enormes margaritas blancas que van descendiendo lentamente. Me oriento y empiezo a andar en dirección a la zona de embarque, donde  me reencuentro con mis otros compañeros  y tras felicitarnos mutuamente, comentamos las incidencias del salto. Somos enormemente felices, pero pensamos que tantos días de intensas sesiones de entreno, quizás no había para tanto.
 
 
Nos trasladamos a las mesas de control, servidas por personal de la Jefatura de Estudios, donde van anotando en las hojas reglamentarias de cada patrulla, las incidencias del salto de cada uno. En el preciso momento que termino de dar mis datos, noto que algo anormal está ocurriendo, el personal de las mesas de control deja su trabajo, se levantan y todos miran al cielo. Nos volvemos y vemos como un compañero cae a toda velocidad, con su paracaídas parcialmente desplegado. Es lo que en el argot paracaidista se llama una “vela romana”. El compañero ha optado por intentar deslizar el cordón atravesado, tirando de las bandas y cuando ha comprobado que la tierra se acercaba demasiado, ha adoptado la posición correcta para el aterrizaje, con intención de  parar el golpe.

 
 
El choque ha sido impactante  pero ha caído correctamente de pie  Con  esta velocidad de caída las partes internas del cuerpo humano no pueden resistir el golpe.

 
Mientras tanto y ajenos a lo ocurrido van llegando al suelo el resto de alumnos, en sucesivas pasadas de los aviones que ya había despegado previamente sin que sean conscientes afortunadamente del accidente ocurrido.Minutos después ha saltado toda la 13º Promoción.

Nuestro compañero caído es Jaime Guerrero Travel, natural de Espinardo (Murcia), y este ha sido su primer y último salto.  Descansa en Paz compañero, nunca te olvidaremos.
 
 
 
 
 



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