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HERMANOS DE SANGRE

LIBRO ZAPADOR



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“HERMANOS DE SANGRE”

Se conocían de mozos, de siempre, de críos, de cuando trepaban tras los nidos y saltaban las tapias y vadeaban los ribazos tras escondites que eran mundos por descubrir, de cuando pescaban en las pozas del río, truchas y barbos, ranas y cangrejos, de cuando se habían detenido, alguna vez, sobre los riscos para alcanzar más allá del horizonte, mientras soñaban en voz alta, prometiéndose que no se separarían mientras pudieran, de cuando subieron juntos al tren que les llevaría a la base aérea de Alcantarilla, recién alistados, siempre muy cerca uno del otro, para cuidarse, para vigilarse que no les sucediera nada malo, al uno o al otro, de cuando pasaron tanto miedo en sus primeros saltos en paracaídas desde al cielo, desde el fondo de las trincheras, de cuando se forjaron jóvenes y soldados de tropa, aplastados bajo su miedo invencible, sobre la noche gélida y la fría lluvia, de cuando . . . Mi compañero yacía herido, en el suelo, con una rotura de hueso, a la intemperie, bajo cero, en la Sierra de la Sagra, uno a hombros del otro, sobre el ánimo y la fuerza de su amigo, laderas abajo, sin saber hacia a dónde, bajo la inclemencia invernal, ateridos y determinados, los amigos como una sombra camino de la ayuda médica.

En el infinito de la soledad a la intemperie, bajo la cellisca heladora, los dos amigos, como más que hermanos, tras la salvación del compañero herido, los dos guerreros tan juntos para ayudarse sin pensar en otra cosa. Para no olvidarlo jamás, para sentirse más cerca aún, los dos amigos, cuando regresaron al pueblo licenciados, juntos para volver a empezar como si nada hubiera sido tan trágico, como si todo fuera a ser distinto y ellos y sus corazones ya pertenecerían al ejército, condecorados y olvidados con el paso de los años.

Y recuerdo el último abrazo que se dieron, muchos años después, cuando ya eran unos ancianos y se reencontraron en un acto militar en su casa, la Escuadrilla de Zapadores Paracaidistas, mientras arreciaba la ventisca del atardecer, como siempre había hecho, para confundir las lágrimas como si solo se defendieran del frío vespertino, en el declive de unas existencias laboriosas, honestas, inolvidables. Fundidos, al fin, en un abrazo fuerte y entrañable, los dos amigos, qué habían arriesgados sus vidas, sobre los cielos murcianos, sin miedo a las penurias que padecieron, españolitos, hombres de una pieza, amigo que no dudó en llevar a su compañero a hombros hasta donde fuera necesario, para salvarle, para salvarse ambos, hermanados, tan amigos, inseparables, de clase de tropa.

Amigos hasta el último adiós, veteranos humildes, veteranos paracaidistas y hermanos para siempre.

(Dedicado a todos esos amigos que la mili les convirtieron en hermanos)

Por Luis Rivas Lopez



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